
Los chasquidos se oían desde dentro y con las ventanas cerradas. Estaba leyendo y salió a ver de dónde procedían esos ruidos que se agolpaban de manera desigual. Abrió la terraza; desde su ático podía ver la noche. Hoy la luna estaba casi llena y brillaba e iluminaba la ciudad como pocas veces había hecho. Sacó la cámara, valía la pena.
Chiiiiiiiiiiiu... ¡pufff! Por fin. Dejó la cámara y se giró hacia el sonido. Vio los fuegos artificiales boquiabierta. Vio caer las finas luces de color naranja y verde sobre la catedral y sus ojos quedaron empañados. Hoy era el día.
Se sentó a ver un rato el espectáculo. A unas luces amarillas le seguían unas rojas y a estas unas violetas. Era maravilloso, innegablemente. Tanto como cada año que había bajado al río a verlo de cerca. Esta vez contemplaba desde lejos aquellas chispas y destellos ocultos por los tejadillos de sus casas vecinas. Desde muy lejos.
Cogió aire y suspiró.
Deseó que aquellas luces cesaran, que parara el ruido y la actuación. Que todos se fueran a sus casas. Entró en casa y cerró bien las ventanas. Evey apoyaba sus patitas contra el alféizar y miró por la ventana sin conseguir ver nada por la persiana. No entendía qué pasaba allá fuera, y seguramente tampoco por qué ella había vuelto a entrar tan pronto.
Ambas se resignaron y volvieron a sus cosas. La una a leer sus artículos, la otra a descansar sobre la manta.
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