
Creciste creyéndote especial. Se metían contigo por ser diferente. Por ser la más débil. Pasabas el recreo sola, en una esquina. A veces te encerrabas en el cuarto de baño y hablabas contigo misma. En casa te encerrabas en tu habitación y encendías la consola para evadirte. Para olvidar toda esa mierda. Te acostumbraste. Ya no llorabas. Ya no te importaba no tener amigos. Nunca te planteaste si eras feliz. Nunca te conociste a ti misma, ¿para qué? Te dejabas llevar por el terrible peso de la conformidad. Creaste una burbuja donde nadie te podría hacer daño. Donde nadie podría ya reírse de ti. Hiciste de tus aficiones tu modo de vida. No te importaba tu familia, ni tu novio, ni tus estudios. No fuiste a la universidad, ni siquiera te lo planteaste. Tampoco saliste de España, ¿para qué? Creciste. Malgastaste tu juventud. La vida era larga, y tu habitación tan cómoda...
Entonces maduraste; abriste los ojos. Te diste cuenta de que en la vida sólo hay dos clases de personas: los que pisan y los que son pisados. Era tu turno, entonces. Tu venganza. Ahora eras tú la que se reía de los demás. La que los miraba con desprecio. La que hacía llorar. La que mostraba tanta indiferencia hacia los demás como hacia sí misma. Te hacía sentir mejor. Te liberaba de toda la carga que soportarte durante la infancia. Pagaste tus errores con los demás.
Pero ignoras que esas personas crecerán y seguirán tu ejemplo. Y caerás y llorarás de nuevo. Y te arrastrarás pidiendo perdón. Y te dirán ¿para qué?
Siempre fuiste el patito feo. Pero tú crecerás más fea. Nunca te convertirás en un cisne.
¿En este puedo comentar o también los vas a borrar?
ResponderEliminarPuedes. Los borré porque había mucho de mí en esos mensajes. Demasiada información.
ResponderEliminar¿Mucho de ti? Lo que tú quisiste contar, simplemente. Pero sí, veo que empiezas a aprender, aunque sea a costa de hacerte ver ciertas cosas.
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