16 feb 2013


No dejes ir un día,
sin cogerle un secreto, grande o breve.
Sea tu vida alerta
descubrimiento cotidiano.
-Juan Ramón Jiménez

13 feb 2013

Lolita


«Dámela», suplicó, mostrando las palmas de mármol. Tendí la deliciosa fruta. Lolita la tomó y la mordió. Mi corazón fue como nieve bajo esa piel carmesí, y con una ligereza de mono, típica de esa nínfula norteamericana, arrancó de mis distraídas manos la revista que yo había abierto (lástima que ninguna película haya registrado el extraño dibujo, la trabazón monográfica de nuestros movimientos simultáneos o sobrepuestos). Con precipitación, estorbada por la manzana desfigurada que sostenía, Lo recorrió violentamente las páginas en pos de algo que deseaba mostrar a Humbert. Al fin lo encontró. Me fingí interesado y acerqué mi mejilla, mientras ella se limpiaba la boca con el dorso de la mano. Reaccioné lentamente ante la fotografía, por culpa de la bruma luminosa a través de la cual la observaba, mientras Lolita restregaba y entrechocaba impaciente las rodillas desnudas. Confusamente fueron surgiendo un pintor superrealista que descansaba, en posición supina, en una playa, y junto a él, en la misma posición, semienterrado en la arena, un calco de la Venus de Milo. «Fotografía de la semana» decía el epígrafe. Arrojé esa imagen obscena. De inmediato, en un fingido esfuerzo por recobrarla, Lolita se tendió sobre mí. La tomé por el fino talle. La revista escapó al suelo como un gallo asustado. Ella se volvió, se echó hacia atrás y se apoyó en el ángulo derecho del escritorio. Entonces, con perfecta sencillez, la impúdica niña extendió sus piernas sobre mi regazo. Por entonces yo estaba en un estado de excitación que lindaba con la locura; pero al propio tiempo tenía la astucia de un loco. Sentado allí, en ese sofá, me las compuse para aproximarme a sus cándidos miembros mediante una serie de movimientos furtivos. No era fácil distraer la atención de la niña mientras llevaba a cabo los oscuros ajustes necesarios para que la treta resultara. Hablaba ligero, contenía la respiración, inventaba un súbito dolor de dientes para explicar lo entrecortado de mi jadeo, y mientras tanto, fijando siempre una mirada interior de maniático en mi dorada meta, fui aumentando sigilosamente la proximidad. Como mi jadeo adquirió cierto ritmo deliciosamente mecánico, empecé a recitar, mutilándolas apenas, las palabras de una cancioncilla muy popular –Tarlatán amarillo– y arroz con leche. –La cabeza me duele– de ser tu amante... –. Seguí repitiendo esa automática nadería y mantuve a Lolita bajo su especial hechizo (especial a causa de mis mutilaciones); mientras tanto, tenía un miedo mortal de que algún acto divino me interrumpiera, me quitara esa carga dorada en cuya sensación mi ser todo parecía concentrado. Esa ansiedad me obligó a trabajar durante el primer minuto, con más precipitación de la que era conveniente. De pronto, ella tomó posesión del Tarlatán amarillo, del arroz con leche, de la cabeza doliente, y su voz se insinuó en mi canto y corrigió la melodía que yo deformaba. Era una voz musical, con dulzura de manzanas. Sus piernas se estremecieron un poco. Y allí estaba ella, reclinada contra el ángulo derecho del escritorio. Lola la colegiala, devorando su fruto inmemorial, cantando a través de su jugo, perdiendo una zapatilla, restregando el talón de su pie desnudo contra un sucio tobillo, contra la pila de revistas viejas amontonadas a mi izquierda, sobre el sofá... y cada movimiento suyo me ayudaba a ocultar y mejorar el oculto sistema de correspondencia táctil entre mi ente enfermo y la belleza de su cuerpo con hoyuelos, bajo el inocente vestido de algodón. Mis dedos escudriñadores sintieron que los pelos diminutos se erizaban ligeramente. Y me perdí en el ardor punzante, pero saludable, que como la bruma estival flotaba en torno de la pequeña Haze 1 . Que se quede así, que se quede así... Cuando hizo un esfuerzo para arrojar el resto de la manzana a la chimenea, su joven cuerpo, sus inocentes piernas sin pudor se movieron sobre mi regazo tenso, torturado, subrepticiamente laborioso, y de súbito un cambio misterioso ocurrió en mis sentidos. Ingresé en el nivel de existencia donde nada importaba, salvo la infusión de goce que fermentaba en mi cuerpo. Lo que había empezado como una distensión deliciosa de mis raíces más íntimas, se convirtió en una rutilante comezón que ahora llegaba al estado de una seguridad, una confianza, una firmeza absoluta inhallables en la vida consciente. Con esa honda y cálida dulzura así establecida y encaminada hasta su convulsión última, sentí que podía demorarme para prolongar tal incandescencia, Lolita había sido solipcizada con impunidad. El sol cómplice latía en los álamos; estábamos fantásticamente, divinamente solos. Yo la observaba –rósea, cubierta de polvillo dorado– a través del velo de mi deleite gobernado, ignorante de él, ajena a él, y el sol estaba en sus labios, y sus labios aún parecían formar las palabras de la cancioncilla, que ya no llegaba a mi conciencia. Ya todo estaba listo. Los nervios del placer estaban al descubierto. El menor placer bastaría para poner en libertad todo paraíso. Había dejado de ser Humbert el Canalla, el gusano degenerado de ojos tristes aferrado a la bota que lo echaría de un puntapié. Estaba por encima de las tribulaciones del ridículo, más allá de las posibilidades de retribución. En mi serrallo exclusivo, era un turco fornido y radiante que, con plena conciencia de su libertad, posponía deliberadamente el momento de gozar. Suspendido al borde de ese voluptuoso abismo (una delicadeza de equilibrio fisiológico comparable a determinadas técnicas artísticas), seguía repitiendo palabras sueltas –tarlatán, arroz con leche, amante, aaa... maaa... nte–, como alguien que hablara en sueños.

-Vladimir Nabokov

12 feb 2013

Crítica de la sinrazón pura


Qué podía crear nuevo no era la pregunta que se hacía cada mañana. Al llegar al trabajo sus saludos eran estereotipados, al igual que sus movimientos, sus referencias a fenómenos de masas y su forma de pensar, calco de la sociedad y el tiempo en que fue educado. Creía ser original afirmando que le gustaba viajar o determinadas películas de culto para impresionar a las chicas. A veces sacaba a la luz el discurso del "busco a alguien especial". No destacaba, no impresionaba, no decía nada nuevo, no aportaba nada que no se conociera salvo anécdotas de un sujeto que limitaba su experiencias a vivir dejándose llevar por el flujo de las circunstancias. Siempre estaba "bien. ¿y tú?". 

No se planteaba soñar, ni leer, ni escuchar, ni investigar, ni ser su peor crítico, ni buscar otro ángulo, ni florecer en alguna tierra muerta, ni hacerse preguntas que nadie le hizo. No se atrevía al conocimiento. Sería feliz, siempre y cuando no recordara que era prescindible, ignorante, estéril.

9 feb 2013


Stay with me until I fall asleep.
Stay with me.
Stay with me until I fall asleep.
Stay with me.
Stay with me until I fall asleep.
Stay with me.


6 feb 2013

3 feb 2013

Cárdena


De color cárdeno esta noche;
y mañana, si me preguntas
también cárdena seré,
pero no del mismo tono;
más cerca del morado
que del blanco o negro
estaré.
Y ayer fui cárdena también,
azul y transparente
como el agua.
Mudable, versátil, inconstante,
pero eternamente cárdena.

I. C. 

¡Libros! ¡Libros!


"¡Libros! ¡Libros!" Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fiódor Dostoievski padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, solo decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!». Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Federico García Lorca

1 feb 2013

Divergencia


Dejé de sentirte al soltarme la mano,
allá por el confuso e indolente octubre
tu melodía dejó de hechizar
a los ratones de Hamelín;
como en un cuento kafkiano
cuando el protagonista descubre
lo absurdo de intentar razonar
perdido en un nebloso jardín.

Tu sugestivo discurso de arrebatado hombre
perdió su fuerza en gritos al repetirse,
tus círculos desmesuradamente se abrieron
hasta abrazar una vacía identidad.
Ya no sueño con susurrar tu inmaculado nombre
ni contigo en la cama fundirme
contra pétalos de bocas de dragón
sobre los que verter nuestras copas sin piedad.

Y sin embargo reverdece el pasado
cuando te suspendes y a mí acudes,
vuelve entonces la magia y la melodía de tu flauta
para hacerme bailar ciega en la oscuridad.
Sopla y acércate a mi confuso prado
desarropando al niño que en ti escondes;
quiero ser de nuevo incauta,
perdamos los papeles, saciemos nuestra curiosidad.

I.C.