15 ago 2010

3:00 am


Se sentó en el frío suelo de su habitación con los brazos sobre sus rodillas en silencio. Sus padres estaban al otro lado de la puerta, así como su hermana y todos sus amigos, o al menos los que se llamaban a sí mismos así. Respiró hondo, quería tranquilidad. Alzó la mirada hacia la ventana. Eran las tres de la madrugada y apenas se podían ver unas pocas luces de sus vecinos que todavía no se habían acostado. El paisaje estaba calmado desde aquel cuarto piso, no escuchaba nada salvo su propia respiración. Una lágrima resbaló por su mejilla de repente y sin razón aparente. Se sentía solo, terriblemente solo. Había estado huyendo de la soledad los últimos diez meses, pero sus esfuerzos fueron en vano, puesto que es imposible apartarse de ella y es preciso por ello aprender a quererla. Hacía un calor bochornoso, pero él tenía frío y deseó que alguien le abrazara por detrás y le pusiera su chaqueta. Quería hablar como en los buenos tiempos de corazón a corazón, sin sentir ser juzgado, sólo notando calor y un sentimiento de fraternidad que podría vencer hasta a la muerte. Quería mirar a alguien a los ojos y tocarle el pelo de forma suave sin que hubiera malentendidos por el gesto. Y quería hacerlo sin hablar, escuchando el silencio y prestando atención a las pulsaciones de su corazón. No tenía a nadie a su lado, pero recordó a alguien que algún día le dijo que estaría ahí para lo que necesitara. Cogió el móvil y marcó su número. Colgó rápidamente, no sabía qué decirle. Acto seguido recibió un pitido, era un mensaje de ella, preguntándole si estaba bien. Él no respondió, no hacía falta. Ahora sí tenía la certeza de que no estaba solo, que ella estaba por detrás de él prestándole una mantita y preocupándose porque no pasara frío. Se tumbó en el suelo y lloró con más fuerza que nunca; aquel era un sentimiento que le desbordaba.

14 ago 2010

Juego de niños




Le cerró los ojos en la calle mientras iban de vuelta a casa y lo colocó frente a ella.

"Venga, venga, que te dirijo. ¡Confía en mí!".

Él apretó los ojos con fuerza y se agarró a ella. Ella lo sujetó por los antebrazos y lo fue dirigiendo por la calle.

"¡Acera!".

"¡Te chocas!".

Sus indicaciones se oían entre carcajadas y ella notaba cómo la gente se giraba hacia ellos por la calle y miraba con una expresión asustadiza.

"¡Farola!".

Él también reía y no se notaba miedo en su rostro. Se iba chocando con el borde de la acera, farolas y coches, pero era como un niño que se divierte con un juego en el que sabe que no saldría dañado.

"¡Cuidado!".

Llegaron a su destino después de dar muchos rodeos por la placita de cerca de casa. Él llegó sano y salvo y ganó un abrazo como recompensa. Décadas más tarde miraron atrás y comprendieron que la vida es un juego, donde la felicidad se consigue confiando ciegamente en las personas que amamos.

Dos




En cuestión de segundos mi impresión de ella, formada año tras año durante toda mi vida, cambió por completo. Al oír dos, sólo DOS palabras ella se metamorfoseó completamente y pasó de ser una débil enferma a ser una víctima y que aguantó con todo y que merece toda mi admiración y apoyo. Voy conociéndola, voy identificándome con ella, y voy comprendiéndola y amándola por todo lo que ha pasado.

Las dos palabras eran malos y tratos.

11 ago 2010

Respuesta tardía


Un día en el colegio me pidieron que me dibujara a mí misma. Cogí las pinturas de la caja y me puse a garabatear sobre el papel, me sentía una artista cuando me imaginaba haciendo la tarea. Dibujé una gran cabezota a lápiz lo primero, las manos y piernas después, y me vestí con último con una faldita y un polo blanco, el uniforme del cole. Me puse una diadema y me rodeé de un paisaje verde y sonreíblemente soleado. Pasé a colorear todo con entusiasmo por lo bien que me había quedado. Los lápices de colores iban agotándose muy rápido y yo sacaba la lengua por la pasión que ya desde pequeña me desbordaba al pintar.

Cuando acabé estaba perdida de virutas, suerte que llevaba la bata. Levanté la hoja para verla con perspectiva y vi que algo fallaba. Torcí la boca y fruncí el ceño mientras mordía la parte superior del lápiz. Cuando presté atención a la gran sonrisa que me dibujé me di cuenta de mi error. Todo era falso, faltaba algo que le diera vida a aquel monigote hierático. "¡Un corazón, eso es!" Le pinté un grandísimo corazón con destellos a su alrededor en el pecho que llenó de alegría el pinturrejeado papel. "¡Pero si los corazones no se ven, tonta!" me dijo Paula. Y tenía razón. Me puse triste. Quería dibujar mis sueños e ilusiones, las cosas que había hecho de las que me sentía orgullosa, los sentimientos que guardaba dentro, mis miedos e inseguridades y todos los recuerdos que me hicieron ser como era. Pero no sabía cómo hacerlo y el dibujo seguía siendo uno impersonal e inerte que podía haber hecho cualquiera de mis compañeros.

Me levanté para preguntarle qué hacer a la señorita. "No debes preocuparte tanto por esas cosas, Irene. Eres una niña, cuando te ven mamá y papá o tus compañeros no ven todas esas cosas, porque todo eso está dentro de ti".

Dieciséis años más tarde he vuelto a ver el dibujo.

Sí lo ven, señorita.

10 ago 2010

Entre las hojas

Eran ya las cuatro de la madrugada e hice un alto en la lectura para contar las páginas que me quedaban hasta acabar el capítulo y decidir si merecía la pena o no dejar de leer para irme a dormir. Entonces vi una notita entre las páginas del libro recién cogido de la biblioteca. Era un trozo de papel de cuadros y tenía los bigotes de los agujeros de los lados sin cortar. Algo casero, "probablemente será la lista de la compra" pensé. La curiosidad me hizo abrirla rápidamente y leí una preciosa carta de amor de una hija a su madre que me conmovió:


"Preciosa. Sencilla y completamente preciosa". Pensé en la destinataria de aquel regalo que me hizo el destino. Imaginé dónde trabajaba, cómo era su hija, cuándo recibió la nota y cómo la colocó entonces entre las páginas de aquel mismo libro de psicología que yo tenía entre mis manos en aquel momento. Me sentí por unos segundos feliz al pensar que yo podría ser esa madre algún día, que podría tener una niña que me escriba que me quiere y que si no está cansada me podría contar un chiste por el camino de vuelta a casa. Guardaría todas sus notas en un cuaderno, sería mi pequeño tesoro. Gracias a ese pequeño papel imaginé la vida de otra persona con la que de algún modo he establecido contacto, deseé ser esa madre que durante unos instantes sentí ser, y comprendí el enorme valor de lo que para otra persona puede ser un papelajo cualquiera.

La noche siguiente le enseñé la carta con una sonrisa de oreja a oreja a mi madre, le conté su curiosa historia y ella me respondió con la misma sonrisa y tierna que caracteriza a las madres. Le dije que ojalá ella guardara alguna de mis cartas y me sorprendió al decirme que conservaba uno de mis dibujos que le hizo mucha ilusión recibir. Por lo visto días antes del regalo le pedí que escogiera sus pegatinas de Piolín favoritas de entre las que yo tenía para posteriormente dibujárselas como regalo de cumpleaños. Después de compartir conmigo ese emotivo recuerdo, mi madre me dio un beso en la mejilla y me despedí, tenía la necesidad de escribir sobre todo esto; sobre la relación madre e hija, sobre la importancia de una notita cualquiera, y sobre los vínculos que se pueden crear entre personas que ni siquiera se conocen.

Decidí entonces yo también dejar una nota en el mismo libro, que será esta misma entrada de blog. Después de hacerle la foto a la carta noté con asombro que el dibujo de la parte inferior no es otro que uno de Piolín. Una vez más, el mundo me ha sorprendido y he llorado de emoción. La vida es maravillosa. Espero que con mi nota otro ser humano se emocione y reflexione sobre todo esto y sienta el cariño de una desconocida que le escribe sin importante quién sea ni de dónde venga, una aprendiz que está aprendiendo a amar y a vivir en el más amplio sentido de la palabra.

7 ago 2010

La ciudad maldita

La ciudad estaba maldita. En las calles le asaltaban los fantasmas de unos cuerpos tumbados sobre el césped, sobre un banco cualquiera o paseando de la mano. La ciudad está maldita porque gritaba su nombre, porque con cada paso que daba un recuerdo la asaltaba. Tenía miedo, no sabía quiénes eran esas personas, ni por qué aquellos monstruos la amenazaban de aquella forma. Cada calle, cada cruce, cada parque, cada cafetería, cada estación y cada portal llenaban de gritos de locura su cabeza. Aturdida, L. se sentó en un asiento y le invadió la visión de una pareja besándose y sonriéndose, ella con el maquillaje completamente corrido. Se levantó rápidamente y corrió hasta dejarse caer sobre la hierba, pero ahí tampoco estaba a salvo. La ilusión de una noche estrellada y cubierta de lágrimas hizo que Lucía soltara un grito desgarrador y huyera de nuevo, esta vez a su casa. Esperaba encontrar ahí el cálido abrazo de su madre, que la protegería de todas esas visiones dolorosas e incomprensibles, pero en su casa no había nadie. Entendió que no sólo la ciudad estaba maldita sino que lo estaba todo el mundo, un universo irreal que nunca existió. rompió a llorar, se rompió en pedazos, como muchos años antes lo harían aquellos espectros.

Fátima

Era un ejercicio de confianza grupal, concretamente estábamos trabajando la empatía, y debía representar mi papel después de estar casi media hora preparándolo. El hermano de una supuesta chica, Fátima, era un drogadicto adolescente que se había ido de casa ya hacía un año. Su madre estaba enferma y Fátima no dejaba de atormentarse por no poder ayudar a su hermano. Yo era una de sus tres amigas y debía consolarla. Mis dos amigas y yo tocamos su puerta de entrada. María hizo de anfitriona, representando el papel de Fátima. Nos sentamos los cuatro a hablar sobre su situación. Al principio le costó hablar de ello, pero poco a poco fuimos capaces de que hablara. Ahí, en esa pequeña aula del sótano de la facultad, sentada frente a trece personas que miraban atentamente cómo actuábamos, sentí algo nuevo. Miré sus ojos en todo momento, observé su respiración, sus pausas, sus temblores y movimientos de manos. Ni ella era Fátima ni yo su amiga de la infancia, ni siquiera su amiga, pero los sentimientos que sentía por ella sí eran los de una amiga hacia otra. Le cogí la mano y le hablé sobre lo que pensaba, dándole esperanza para poder rehacer su vida y alejando los malos pensamientos de su cabeza. Le dije que estaría siempre para ella, a cualquier hora del día, y realmente lo sentía. Quería abrazarla, tocarle el pelo. Quería llorar con ella y secarle las lágrimas. Quería quedarnos por la noche a hablar de la vida en pijamas horribles comprados por nuestras madres. El profesor dio la orden de parar con la actuación, pero para mí nunca dejó de hacerlo. Todo había sido real y sentí que había conectado con alguien a quien paradójicamente apenas conocía como pocas veces en mi vida. En un ejercicio de grupo sentí lo que de verdad significa la amistad.

6 ago 2010

Ausencia


Tuuuuuuuuu...

Tuuuuuuuuu...

Nadie cogía el teléfono.

Tuuuuuuuuu...

Sabía que al otro lado estaba J. frente al teléfono, mirándolo de la misma manera en que lo hacía ella. Habían pasado varias semanas sin verse y temían reabrir viejas heridas. Ella no quería llamar, pero se sorprendió a sí misma esperando el pitido impaciente por encontrar un "¿sí?" al otro lado del teléfono que nunca llegó.

Tuuuuuuuuu...

Sabía que estaba al otro lado...

"Coge el teléfono"

Tuuuuuuuuu...

No obtuvo respuesta.

Clic.

Comprendió que era mejor así.