30 jun 2010

El baño

Se quitó la ropa lentamente y se miró al espejo. Llevaba puesta una sonrisa de oreja a oreja recién comprada y unos ojos brillantes que deslumbraban. Eran las cinco de la madrugada cuando se quitó el reloj de pulsera y los pendientes. Abrió el grifo de la ducha, puso la minicadena del salón y se metió en la bañera. Primero sumergió el pie derecho, pero el agua estaba tan fría que lo apartó rápidamente. Esperó a que el agua se calentara para meterse. Una vez la bañera llegó hasta arriba, cerró el chorro de agua y sacó un libro con una fotografía dentro como marca-páginas. Mientras sonaba cierta banda sonora leía y tarareaba a la vez que iba pasando las páginas. La espuma le cubría hasta el pecho y su piel se iba arrugando. Estuvo horas ahí metida, sin importarle nada ni nadie salvo ella misma y ese momento, que era para ella. Se quedó dormida absorta en sus pensamientos y cuando se despertó se notó extraña. Se le había acabado el agua, ¿qué hora sería? Se puso el albornoz y salió a la calle, seguía siendo de noche. Miró al cielo y lo vio entre las estrellas. Quiso elevarse y tocarle, congelar el momento y volar, hacerse inmortal junto a él, ver la pequeñez del mundo entre sus brazos y llorar de alegría. Abrió los ojos y corrió a subir a la superficie de la bañera, casi se ahoga.

29 jun 2010

En aquella otra vida


Si pudiera volvería a conquistarte una y otra vez para hacerlo todo más especial. Me haría llamar Cintia y tendría diecinueve. Te diría que me gusta bailar salsa y que quiero conocer a alguien que me haga volver a creer en el amor. Hablaríamos cada vez más, pasaríamos noches enteras en vilo hablando de la felicidad, de una sonrisa al despertar, de lo bonito que es ver amanecer, del dolor, de la muerte, de canciones de verano, de cine, de bragas de mercadillos, del amor. Sería espontánea y divertida, atrevida y misteriosa; te volvería loco, pensarías en mí día y noche de la misma manera en que yo pienso en ti. Seríamos tú y yo pero con otro nombre, con otra vida, sin miedos ni reproches, sin pasado ni identidad. Veámonos en aquella otra vida.

8 jun 2010

La no-última

¿Sabes... esa sensación? Cuando crees que no te quedan lágrimas ya, cuando supones haber superado todo, cuando piensas que las cosas no te pueden ir peor... y se te hace un nudo en la garganta que hace que te cueste hablar. Cuando lo intentas te sale una vocecilla, y tienes muchas ganas de llorar y soltar toda tu tristeza. Piensas que en cualquier momento romperás a llorar, pero también es posible, te dices, que quizá sea sólo un momento de debilidad, que se te pasará. De repente te cae resbalando por tu cara una lágrima y te das cuenta de que no esto no ha acabado, de que tienes muchas lágrimas todavía para esa persona, que las cosas sí pueden ir peor. Deseas cumplir tus sueños y que venga alguien a secarte las lágrimas y decirte que todo está bien... pero... no hay nadie a tu alrededor y tu único consuelo es llorar tanto que algún día tengas la certeza de que todo terminó.

Día de mierda

Ha sido un día horrible —dijo dejándose caer. Se desplomó con los brazos en cruz sobre su cama aún deshecha y se quedó inmóvil durante segundos que se convirtieron en minutos. —No, ha sido un día de mierda. Resopló y se rascó la cabeza. Cogió su mp3 de encima de la mesilla de noche y se puso los auriculares. Le dio a reproducir sin mirar si quiera la pantalla y escuchó las primeras notas de cierta vieja canción. Respiró hondo y cerró los ojos lentamente. Los acordes sonaban ininterrumpidamente, acompañando su estado de ánimo, abrazándole en aquella noche de mierda. Poco a poco se iba relajando más y más. Se dejó llevar por la melodía de una dulce canción que hacía meses que no oía. Las notas le llevaban a años atrás, cuando era capaz de esbozar una sonrisa, cuando creía tener el mundo entre sus manos y no se preocupaba por algo que echaba de menos: la felicidad. La música le transportó a otro mundo donde corría por una montaña en una tarde soleada y reía a carcajadas. Podía oler el aire fresco que rozaba sus brazos y sus mejillas, y era capaz de sentir el sabor de la victoria. La música era la única compañera que tenía a su lado para darle consuelo en momentos tanto lúgubres como afortunados y la armonía de la canción le arropaba y le daba ánimos. Escuchó palabras de aliento entre esas notas y salió un gemido desgarrador de su garganta. Conforme la canción llegaba a su fin lloró como nunca, recordando el pasado con el pensamiento de había perdido algo irrecuperable. Para... siempre. La canción terminó y paró el aparato. Ahora sólo oía sus propios lamentos, el continuo sorbido de su nariz. Estaba solo de nuevo. Volvió a darle a reproducir.

4 jun 2010

Al otro lado


Son las seis de la madrugada y alguien se despierta oyendo gritos al otro lado de la puerta. Él y ella discuten acaloradamente. Unos cuantos tacos y silencios y unos pasos que corren decididos hacia la puerta. Se oye la llave girar dos veces, un portazo y otros pasos acompañando a un leve lloriqueo. Ahora son sollozos, que más tarde pasan a un gran llanto. Él corre decididamente por la calle hacia su casa airado por la conversación, y ella llora en su cama deshecha y lamentando haber dicho algunas cosas. Al otro lado alguien escucha mientras reflexiona sobre si merece la pena pasarlo tan mal por amor y rememora el pasado de esa pareja. De cuando él le hace tallarines a ella, cuando piden pizzas los martes por la noche, cuando él imita a los japoneses y ella ríe a carcajadas, cuando ella habla de él como el hombre de su vida, cuando mientras ven una película se acarician dulcemente, cuando están solos en su cuarto en silencio porque no sienten la necesidad de hablar. Al otro lado de la puerta ese alguien concluye que el amor es maravilloso, que te hace sentir cosas fascinantes, que te hace una persona viva, alguien diferente capaz de dar todo de ti por otra persona. Ella ya ha parado de llorar; sabe que volverá.

2 jun 2010

La piedra

Iba vagando por el vasto terreno buscando un cobijo donde meter a salvo su corazón —y lo que no es el corazón. Estaba herido y quería reparar todo el dolor que le causaron. Cualquier agujero le servía —para reguardarse, me refiero. Intentaba conquistar una por una las guaridas que encontraba a su paso, contando su historia en cada pueblo, era un peregrino en busca de la felicidad eterna. Le cerraban todas las puertas —literalmente, quiero decir—, le negaban su apoyo detrás de cada una. Hacía frío, estaba desesperado y no sabía ya dónde buscar.

De repente todo se iluminó, vio a lo lejos una gran fortaleza donde podría cobijarse y corrió hacia ella; era lo que estaba buscando, era perfecto. Corría y corría y corría ilusionado hasta que ¡PLAF! tropezó con una piedra del suelo. Le podía haber dado una patada, podría levantarse y seguir corriendo, pero en lugar de eso la cogió entre sus manos con cuidado y se preguntó por qué había tenido una caída tan tonta, y, mientras reflexionaba, se preguntaba también por qué no seguía corriendo. Pensó que podría cogerla y seguir avanzando hacia el castillo, pero comprobó que era demasiado pesada. No tenía ningún valor, pero para él significó algo especial el haberse topado con ella. Se sentó sobre ella a pensar mientras veía a lo lejos la gran bandera hacia la que se dirigía y pensó que el castillo estaría siempre ahí, que hay cientos de ellos repartidos por el camino y tiene tiempo de visitarlos e incluso conquistarlos todos, uno por uno. En cambio esa piedra era única, a pesar de que no le daba nada, y podría ser movida en cualquier momento así que no tenía la seguridad de poder volver allí.

Aquella noche entendió que había estado tan cegado con la idea de poder encontrar un sitio seguro que olvidó apreciar las pequeñas cosas del camino, las que realmente hacen feliz al viajero aunque no las tuviera aseguradas. Se quedó abrazado a la piedra y pasó noches enteras en ese mismo lugar. Podría moverse libremente por los alrededores durante el día, pero siempre volvía por las noches para dormir sobre ese trocito de hierba mojada por el rocío cada mañana, porque le hacía sentir vivo.