Ha sido un día horrible —dijo dejándose caer. Se desplomó con los brazos en cruz sobre su cama aún deshecha y se quedó inmóvil durante segundos que se convirtieron en minutos. —No, ha sido un día de mierda. Resopló y se rascó la cabeza. Cogió su mp3 de encima de la mesilla de noche y se puso los auriculares. Le dio a reproducir sin mirar si quiera la pantalla y escuchó las primeras notas de cierta vieja canción. Respiró hondo y cerró los ojos lentamente. Los acordes sonaban ininterrumpidamente, acompañando su estado de ánimo, abrazándole en aquella noche de mierda. Poco a poco se iba relajando más y más. Se dejó llevar por la melodía de una dulce canción que hacía meses que no oía. Las notas le llevaban a años atrás, cuando era capaz de esbozar una sonrisa, cuando creía tener el mundo entre sus manos y no se preocupaba por algo que echaba de menos: la felicidad. La música le transportó a otro mundo donde corría por una montaña en una tarde soleada y reía a carcajadas. Podía oler el aire fresco que rozaba sus brazos y sus mejillas, y era capaz de sentir el sabor de la victoria. La música era la única compañera que tenía a su lado para darle consuelo en momentos tanto lúgubres como afortunados y la armonía de la canción le arropaba y le daba ánimos. Escuchó palabras de aliento entre esas notas y salió un gemido desgarrador de su garganta. Conforme la canción llegaba a su fin lloró como nunca, recordando el pasado con el pensamiento de había perdido algo irrecuperable. Para... siempre. La canción terminó y paró el aparato. Ahora sólo oía sus propios lamentos, el continuo sorbido de su nariz. Estaba solo de nuevo. Volvió a darle a reproducir.8 jun 2010
Día de mierda
Ha sido un día horrible —dijo dejándose caer. Se desplomó con los brazos en cruz sobre su cama aún deshecha y se quedó inmóvil durante segundos que se convirtieron en minutos. —No, ha sido un día de mierda. Resopló y se rascó la cabeza. Cogió su mp3 de encima de la mesilla de noche y se puso los auriculares. Le dio a reproducir sin mirar si quiera la pantalla y escuchó las primeras notas de cierta vieja canción. Respiró hondo y cerró los ojos lentamente. Los acordes sonaban ininterrumpidamente, acompañando su estado de ánimo, abrazándole en aquella noche de mierda. Poco a poco se iba relajando más y más. Se dejó llevar por la melodía de una dulce canción que hacía meses que no oía. Las notas le llevaban a años atrás, cuando era capaz de esbozar una sonrisa, cuando creía tener el mundo entre sus manos y no se preocupaba por algo que echaba de menos: la felicidad. La música le transportó a otro mundo donde corría por una montaña en una tarde soleada y reía a carcajadas. Podía oler el aire fresco que rozaba sus brazos y sus mejillas, y era capaz de sentir el sabor de la victoria. La música era la única compañera que tenía a su lado para darle consuelo en momentos tanto lúgubres como afortunados y la armonía de la canción le arropaba y le daba ánimos. Escuchó palabras de aliento entre esas notas y salió un gemido desgarrador de su garganta. Conforme la canción llegaba a su fin lloró como nunca, recordando el pasado con el pensamiento de había perdido algo irrecuperable. Para... siempre. La canción terminó y paró el aparato. Ahora sólo oía sus propios lamentos, el continuo sorbido de su nariz. Estaba solo de nuevo. Volvió a darle a reproducir.
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