
La luna era blanca y brillaba como un diamante. Era espectadora y a la vez protagonista de aquella historia de amor a la que iluminaba en una terraza a las dos de la madrugada. A pesar de ser vistas desde la ciudad, la luz de unas pocas estrellas se proyectaba a través de la sucia atmósfera. Cada una de ellas era un mundo; una aventura que vivir antes de que ellos se fundieran con la tierra y el cielo.
La ciudad dormía mientras dos jóvenes trasnochaban y contabas luces tumbados sobre el suelo. Estaban cubiertos por una manta. Hacía frío, pero merecía la pena coger un resfriado como recuerdo de aquella noche. Aquella vista.
Todo era perfecto, pero ella sólo podía pensar en cuánto le gustaría estar con él en su aldeita, desde donde se pueden ver cientos de estrellas brillando con toda su fuerza. Desde donde coger un caballo y perderse por el monte es no un privilegio. Desde donde uno aprende a amar la naturaleza. Desde donde se puede descansar de verdad y alejarse del mundo e incluso de uno mismo.
Aún así, todo era perfecto. No hacía falta ni una de esas cosas para que lo fuera. La luna cuidaba de ellos, llenísima como pocas veces, y su brillo parecía decir que le gustaba hacerlo.