
Llegó en un arrebato. No había pensado, para cuando tomó el poder sobre su cabeza estaba caminando deprisa hacia ella. El portal rojo estaba abierto, de modo que subió directamente. Llamó a la puerta. Dos veces. Y nadie le abría. A la tercera se impacientó y empezó a golpear la puerta enérgicamente, desatando toda su furia contra aquel trozo de madera. Estaba nervioso.
Justo antes de la cuarta llamada, con el dedo en el timbre, oyó unos pasos y su respiración al otro lado de la puerta.
- Abre... Por favor. Soy yo. No te haré nada. Abre... De verdad.
Ella dudó. Respiró fuerte y pensó un rato, pero finalmente abrió.
Él llegaba mojado. Estaba calado hasta los huesos. Afuera había una tormenta de verano. Tenía dibujada una mueca terrorífica en su cara, levantó los ojos y la miró directamente.
- ¿Pero qué... ?
Sin decir nada, la cogió de la cintura y la empujó contra la pared. Cerró la puerta de un golpe mientras acariciaba su muslo. Su cuerpo estaba húmedo y olía a lluvia. Su pelo chorreaba y llenaba de gotitas el parqué.
- ¿Qu... ?
Estaba muy confundida y trataba de apartarlo sin éxito. Él era muy fuerte y no le costaba retenerla ahí. Podía hacer con ella lo que quisiera.
La agarraba con sus dos manos sobre su cabeza y sus ojos se encontraron por fin entre jaleos. No se dijeron nada y supieron todo. Sus ojos hablaban por ellos, transmitiendo los sonidos que sus bocas no se atrevieron a articular.
Ella dejó de forcejear y se relajó. Comprendió lo que pasaba. Y dejó de tener miedo.
Él soltó sus manos y las bajó para acariciarle el pelo. Sintió la necesidad de acercarse a él y olerlo. Olía a miel. Era como antes.
Rompió a llorar.
Y rompió a llorar ella también.