
Las cartas me traen malos recuerdos. No hablo de las que encuentras en el buzón con el matasellos junto a la dirección. Esas hacen ilusión y suelen tratar temas alegres. Me refiero a las notas que alguien te deja por la casa. A veces entre los libros, para que la encuentres el día menos pensado. Otras veces están sobre la mesa o en el suelo, en un lugar más reconocible. Una vez me dejaron una bajo la almohada. Fue dulce.
Pero. Esas cartas siempre tenían un pero. Eran de pseudoamor. Amor imposible, amor-desamor. Amor amargo que hacía llorar.
La última carta que recibí fue de esas. La encontré sobre el teclado del ordenador y su sobre tenía un sello de lacre en la parte delantera. Era por la mañana y su autor se acababa de ir. Fue inevitable pensar que quizá nunca volvería. Que era una carta de despedida. Que se había aprovechado de mí y era un cobarde por no decirme las cosas a la cara.
Sí, sé que es paranoico. Pero lo pensé.
Quiero superar mi cartofobia.
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