
—Ten cuidado, que quema —dijo mientras daba la vuelta a uno de los pececillos que habíamos cogido en el río. Tenía una expresión calmada en su rostro. Era de noche y el fuego iluminaba su cara y el trocito de playa que habíamos cogido prestado para pasar la noche.
—¿Y qué, si quiero hacerlo? —sólo quería picar un poco, siempre estaba muy serio, distante incluso.
—Que te harás daño y llorarás, el fuego es peligroso. ¿Nunca has oído eso de que quien juega con fuego se quema? —seguía con el brazo en alto, apoyado sobre sus piernas. Estaba moreno y la luz lo favorecía, me di cuenta de ello en ese momento.
—¿Y si lloro eso significa que me consolarás?
—No —sonrió y apartó la vista hacia el palo que levitaba sobre la hoguera—. Te diré que eres tonta por no hacerme caso y que te lo mereces. Ya sabes.
—Aún así…—hice una pausa que hizo que aumentara su interés y pusiera sus encendidos ojos sobre mí; realmente el fuego le sentaba bien— Puede que merezca la pena. En realidad sé que algo de lástima sentirás por mí. Que tu primera reacción será correr hacía mí para curarme la quemadura. Que vendrás a abrazarme y eso hará que merezca la pena la herida.
—Estás loca.
—Entonces no lo niegas. Lo harías.
—Sabes que sí —en su mirada percibí cierta tristeza que no se molestó en ocultar—, pero no quiero hablar de eso.
Me acerqué a él. Sentí ganas de tocarle y le cogí la mano sin querer mirar sus ígneas pupilas. Estaban frías y las froté enérgicamente para consolarlas con un poco de calor.

