19 ene 2012

Que quema


Ten cuidado, que quema dijo mientras daba la vuelta a uno de los pececillos que habíamos cogido en el río. Tenía una expresión calmada en su rostro. Era de noche y el fuego iluminaba su cara y el trocito de playa que habíamos cogido prestado para pasar la noche.

¿Y qué, si quiero hacerlo? —sólo quería picar un poco, siempre estaba muy serio, distante incluso.

Que te harás daño y llorarás, el fuego es peligroso. ¿Nunca has oído eso de que quien juega con fuego se quema? —seguía con el brazo en alto, apoyado sobre sus piernas. Estaba moreno y la luz lo favorecía, me di cuenta de ello en ese momento.

¿Y si lloro eso significa que me consolarás?

No —sonrió y apartó la vista hacia el palo que levitaba sobre la hoguera—. Te diré que eres tonta por no hacerme caso y que te lo mereces. Ya sabes.

Aún así…—hice una pausa que hizo que aumentara su interés y pusiera sus encendidos ojos sobre mí; realmente el fuego le sentaba bien— Puede que merezca la pena. En realidad sé que algo de lástima sentirás por mí. Que tu primera reacción será correr hacía mí para curarme la quemadura. Que vendrás a abrazarme y eso hará que merezca la pena la herida.

Estás loca.

Entonces no lo niegas. Lo harías.

Sabes que sí —en su mirada percibí cierta tristeza que no se molestó en ocultar—, pero no quiero hablar de eso.

Me acerqué a él. Sentí ganas de tocarle y le cogí la mano sin querer mirar sus ígneas pupilas. Estaban frías y las froté enérgicamente para consolarlas con un poco de calor.

—Me gusta el fuego. Es constante pero a la vez tiene bruscas transformaciones, como los cambios de temperamento, como las montañas rusas, como cientos de súbitas convulsiones, como la vida. Calienta las noches frías e ilumina el camino de quienes se desplazan. Durante siglos ha sido la fiel compañía noctura del hombre. Es peligroso, pero todo lo bueno de la vida tiene sus riesgos; es condición indispensable para que no cese el interés por aquellas cosas que arden de alguna manera. En cualquier momento puede apagarse la llama y dejarte frío y a oscuras, por eso es tan valioso y conviene vigilar que continúe su persistente baile—lo miré para comprobar que estaba a mi lado escuchándome—. Me gusta compartir el fuego contigo.

—Retiro lo dicho entonces. Solo eres una pirómana.

—Soy una apasionada de la vida, y tú el soplo constante que aviva mi llama.

5 ene 2012

Cinco de enero


El reloj del salón tictaquea, se oye desde el dormitorio. Faltan tres minutos para medianoche y ya llevo una hora acostada. Los regalos ya están puestos bajo el luminoso árbol, que será el único que los vea. Compramos galletitas con trocitos de chocolate y leche entera para recibir a sus majestades. Para los camellos hay bombones para que recarguen las pilas y sigan trabajando por la ciudad. No quiero que hagan ruido. No quiero que me la despierten.

El silencio, el tictac.

Como una niña espero impaciente que sea de día para poder verle la carita iluminada cuando abra los regalos.

Hoy te pido que duermas abrazado a mí, aunque siento que no podré dormir de los nervios. Como cuando tenía siete años. Como cuando aún tenía ilusión.

Magia


Estabas cerca.

Estabas tan cerca que nos tocábamos. A media noche, viendo un espectáculo rodeados de decenas de personas. Tu pierna junto a la mía y tu mirada centrada en el fuego. Miles de hormiguitas corrían por mi tripa y mi pecho porque no entendían lo que pasaba. Porque no entendía por qué no me mirabas. El fuego bailaba haciendo rápidos movimientos delante de nosotros, como un ritual mágico para que triunfara.

A veces te miraba, y a veces me mirabas tú a mí también.

Desde entonces creo en la noche de San Juan.