11 ago 2010

Respuesta tardía


Un día en el colegio me pidieron que me dibujara a mí misma. Cogí las pinturas de la caja y me puse a garabatear sobre el papel, me sentía una artista cuando me imaginaba haciendo la tarea. Dibujé una gran cabezota a lápiz lo primero, las manos y piernas después, y me vestí con último con una faldita y un polo blanco, el uniforme del cole. Me puse una diadema y me rodeé de un paisaje verde y sonreíblemente soleado. Pasé a colorear todo con entusiasmo por lo bien que me había quedado. Los lápices de colores iban agotándose muy rápido y yo sacaba la lengua por la pasión que ya desde pequeña me desbordaba al pintar.

Cuando acabé estaba perdida de virutas, suerte que llevaba la bata. Levanté la hoja para verla con perspectiva y vi que algo fallaba. Torcí la boca y fruncí el ceño mientras mordía la parte superior del lápiz. Cuando presté atención a la gran sonrisa que me dibujé me di cuenta de mi error. Todo era falso, faltaba algo que le diera vida a aquel monigote hierático. "¡Un corazón, eso es!" Le pinté un grandísimo corazón con destellos a su alrededor en el pecho que llenó de alegría el pinturrejeado papel. "¡Pero si los corazones no se ven, tonta!" me dijo Paula. Y tenía razón. Me puse triste. Quería dibujar mis sueños e ilusiones, las cosas que había hecho de las que me sentía orgullosa, los sentimientos que guardaba dentro, mis miedos e inseguridades y todos los recuerdos que me hicieron ser como era. Pero no sabía cómo hacerlo y el dibujo seguía siendo uno impersonal e inerte que podía haber hecho cualquiera de mis compañeros.

Me levanté para preguntarle qué hacer a la señorita. "No debes preocuparte tanto por esas cosas, Irene. Eres una niña, cuando te ven mamá y papá o tus compañeros no ven todas esas cosas, porque todo eso está dentro de ti".

Dieciséis años más tarde he vuelto a ver el dibujo.

Sí lo ven, señorita.

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