7 ago 2010

La ciudad maldita

La ciudad estaba maldita. En las calles le asaltaban los fantasmas de unos cuerpos tumbados sobre el césped, sobre un banco cualquiera o paseando de la mano. La ciudad está maldita porque gritaba su nombre, porque con cada paso que daba un recuerdo la asaltaba. Tenía miedo, no sabía quiénes eran esas personas, ni por qué aquellos monstruos la amenazaban de aquella forma. Cada calle, cada cruce, cada parque, cada cafetería, cada estación y cada portal llenaban de gritos de locura su cabeza. Aturdida, L. se sentó en un asiento y le invadió la visión de una pareja besándose y sonriéndose, ella con el maquillaje completamente corrido. Se levantó rápidamente y corrió hasta dejarse caer sobre la hierba, pero ahí tampoco estaba a salvo. La ilusión de una noche estrellada y cubierta de lágrimas hizo que Lucía soltara un grito desgarrador y huyera de nuevo, esta vez a su casa. Esperaba encontrar ahí el cálido abrazo de su madre, que la protegería de todas esas visiones dolorosas e incomprensibles, pero en su casa no había nadie. Entendió que no sólo la ciudad estaba maldita sino que lo estaba todo el mundo, un universo irreal que nunca existió. rompió a llorar, se rompió en pedazos, como muchos años antes lo harían aquellos espectros.

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