
Se encontraron en un frondoso bosque, mareados por la niebla que los rodeaba y sacudía en una fría noche de invierno.
-E… ¿eres tú?
Se acercó a él para tocarlo, pero él se apartó bruscamente.
-Pues claro que soy yo, ¿es que no me reconoces?
Detrás de su largo pelo enredado se ocultaban arañazos en su dulce rostro de niño. Estaba cubierto por una capa y apenas se le veían las manos y los pies.
- Déjame verte.
- No.
Ella se acercó más y le quiso tocar.
- ¡Basta! ¡Déjame! ¡Déjame en paz!
- Qué… ¿qué te ha pasado?
- Nada. Soy así. Siempre he sido así. Contigo me escondía, tenía miedo. Te tenía miedo.
Extendió su brazo y consiguió tocarle la cara. Él tenía la cabeza bien arriba, pero miraba hacia el fondo del paisaje, en el horizonte que se dibujaba entre los troncos de árboles. Su boca se mantenía firme y su tensa mirada tenía odio dentro. Estaba a punto de explotar.
- Mírame.
- No.
- Por favor… Mírame.
- Déjame.
- Mí…ra…
- ¡¡Basta!! ¡Déjame! No quiero saber de ti, no quiero que me toques, no quiero que me hables, no quiero que me mires, ¡no quiero nada de ti! ¡Lárgate! ¡Puta!
Ella rompió a llorar agachada entre sus rodillas mientras él se alejaba lentamente. Entendió que alguien le había arrancado el corazón y lo había lanzado lejos, muy, muy lejos.
Una voz se acercó en la noche para darle paz.
- Descansa, pequeña.
Asustada, se giró hacia la voz.
- Nunca lo tuvo.
Es ultimo "Nunca lo tuvo" es sentenciante. Me encantan tus textos :B
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