27 feb 2010

Un momento eterno

Quedaron una tarde para repasar juntos el examen de estadística de primero. Estaban sentados en la biblioteca uno en frente del otro, temblorosos, pero intentando aparentar normalidad. Él hizo un movimiento hacia delante con su silla para ver los ejercicios que su amiga le escribía sobre el folio. Sus corazones latían fuertemente al mismo tiempo, y sus ojos se escondían tímidamente, refugiándose en aquella hoja de papel. Él no estaba prestando atención a las explicaciones, y aprovechó para levantarse e ir señalándole las dudas estando detrás de ella. Mientras ella hablaba en voz bajita, él estaba ensimismado en ella. Olía la colonia que llevaba ese día, de olor parecido a la miel. Su pelo brillaba como si fuera plata recién limpiada, y sus manos se movían nerviosamente sobre su falda de cuadros. A veces durante la explicación las puntas de sus dedos se rozaban o sus ojos se encontraban y se dedicaban una sonrisa prohibida. No le importaba el tema del que hablaban, estaba flotando, soñando con ella a su lado, en un estado de languidez del que no deseaba nunca salir. Quería parar el tiempo, recordar ese aroma eternamente, esa visión de su pelo y sus manos, esas caricias accidentales y el suave sonido de su voz susurrándole. Y lo consiguió recordándolo cada noche.

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