
Delante de la pantalla, una vez más, abrió su blog. Hoy había escrito sobre un coche que se queda sin gasolina casi al final de la carrera. Al día siguiente sobre un vaso roto y la semana siguiente colgó un diálogo entre una persona sorda y otra muda. Nunca escribía sobre él. Todos los días revisaba la página, buscando comentarios, referencias a él, pero nunca encontró nada.
La realidad era que cada palabra escrita, cada comentario, cada foto que se sacaba, cada conversación que tenía lo hacía por y para él. Cada pequeño gesto era una invitación a hablarle, a conocerse mejor, una provocación. A amarse.
La realidad era que cada palabra escrita, cada comentario, cada foto que se sacaba, cada conversación que tenía lo hacía por y para él. Cada pequeño gesto era una invitación a hablarle, a conocerse mejor, una provocación. A amarse.
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