
Él era un chico tierno y dulce. Ella era una chica dulce y tierna. Él solía leer y escribir sus propios relatos. Ella solía escribir sus propios relatos y leer. A veces él escribía sobre ella y a veces ella escribía sobre él. A ambos les gustaban los pequeños detalles de la vida. Él creía en el amor y ella creía en el amor. A él le hicieron daño y a ella le hicieron daño. Lloró, y lloró también. Desde entonces nunca más volvieron a confiar en nadie. Constantemente pensaban el uno en el otro y constantemente se veían como su propio reflejo. Todo parecía perfecto, pero él era orgulloso y ella era orgullosa también.
Ambos miraban al mismo espejo, pero sólo podían percibir en el otro el fulgor de sus propios defectos; les era imposible mirar más allá de las corazas que sus heridas les habían hecho forjarse.
Sólo supieron salir adelante conformándose con saber que no estaban solos.
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