Era media tarde y le vino ese gusanillo de las seis por tomar algo en compañía de un libro de Borges, estaba sola en casa y hacía algo de frío. En silencio encendió la cafetera y puso una taza bajo la salida. Mientras calculaba las cucharaditas de café que debía poner en la máquina, pensó en que aquella taza debía de ser tan vieja como ella o más. Estaba hecha de porcelana y tenía una franja azul con motivos dorados que la rodeaba, era el mismo patrón de los platos y en general toda la vajilla. Poco a poco se habían ido rompiendo y de las diez que había cuando se compraron sólo quedaba un par. Ignoraba dónde estaba su pareja. Por fin el pilotito dejó de parpadear y pulsó la tecla que, como una batuta, dio paso al concierto de grrsssr y grsssds que tocaban los granos de café al ser triturados.
Poco a poco el café caía, cremoso y de color parqué o parquet. No le echaba demasiada leche, sólo un chorrito; lo justo para que cogiera color.
Se sentó a echar el azúcar y mientras removía la mezcla con la cucharilla pensó en él. Aquel sonido y aquel aroma la transportaron hacia un lugar que ni siquiera conocía. El curvilíneo humo que salía de la taza le hizo pensar que quizá él estuviera en ese mismo minuto preparándose otro. Se lo imaginó mirando al infinito, con la mirada perdida puesta en el horizonte y pensando igualmente en ella. Cada sorbo le traía un fragmentito de alguna de las conversaciones que algún día tuvieron. Eran frases a veces incompletas o diálogos enteros que llegaban a su cabeza como pequeños mordisquitos de bombones de diferentes sabores y cajas. Había bombones de afecto que realmente disfrutó, pero también los había de miedo que saboreó con el ceño fruncido, como al darle un limón a un niño. En apariencia eran igualmente buenos; al principio no le daba importancia o incluso le agradaban, pero con el tiempo, al pasar la lengua por sus labios le venía un sabor característico amargo, como el alcohol solo. A palo seco sabían fatal.
En un momento se acabó el café. Siempre se le quedaba corto. No pudo evitar pensar que todo en lo que pensaba corría la misma suerte y aprovechó las últimas gotas antes de seguir con su libro.
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