25 abr 2012

¿




Preguntas que temen respuesta
Aterrorizadas por salir de su refugio
Ruegos que cortan el aire y quitan
el aliento
previo al seísmo

Preguntas arrojadas al vacío
Sin esperar ser cogidas al vuelo
Liberadas en las profundidades de su abismo
Inagotables viajeras
perdidas en la inmensidad de lo atemporal

Y tú,
Mi mayor incógnita
El silencio personificado
El misterio hecho hombre
La eterna pregunta errante
Respuesta encerrada en sí misma


Eres un secreto que me susurran de noche al oído,
dormida.
El murmullo incesante que no responde cuando pregunto
«¿Qué?»

16 abr 2012


En la opaca noche los cuerpos se confunden. La hipnosis de su mirada pétrea y estrellada seduce la candorosa piel. Cada poro se abre, cada vello se eriza al contacto. Sus soplos son cortos y huelen a humo y a hojalata. La sangre bulle y pide salir a borbotones deshaciendo el hielo de sus tubuliformes ojos. Molesta la voz, interrumpida. La decadente atmósfera es pesada y neblosamente incoherente. Sus mejillas saben a húmedas brasas.

Se somete. El añil la subyuga.

Corren enajenados los movimientos, cautivos del aroma a canela, y el polvo del cabecero se sacude con el devenir, con golpes y arremetidas. El cuerpo pesa y el alma estalla en un suspiro.

Murmura el vigor, saluda a la lenidad. Somnolientos, sus pieles se rozan en un esfuerzo final y vuelven a la vida.

14 abr 2012

Perfil


Te enseñé el piso que tengo con mis compañeras, aunque probablemente ya lo habías visto y te hacías el tonto. Fuimos de una habitación a otra, haciendo bromas y poniéndonos al día hacía meses o semanas que no sabíamos del otro. Entre el salón y un dormitorio que no era el mío me empujaste contra la pared, sin aviso previo ni señales de ningún tipo. Me retuviste y te quedaste detrás de mí haciendo fuerza, con uno de los brazos sobre la pared. Quizá podría haberme girado, pero ni siquiera lo intenté. Te acercarte a mi oreja por la derecha y no te veía, pero podía oír tu respiración fuerte en mi oído. De perfil, pegada a la pared. Estuvimos unos segundos en silencio y me cogiste de la cintura suavemente. Pusiste tu cabeza cerca de la mía pero cerré los ojos, no quería mirarte. El corazón me latía enérgicamente y estaba nerviosa y relajada por tu silencio a la vez. Ya no sentía tu fuerza. Los abrí.

—No es mi habitación...

Pero a ti no te importaba.

7 abr 2012

Lo inefable


Se durmió con la cabeza apoyada en el cristal, sobre su mano. Llevaba tres horas y media de viaje y el paisaje se hacía monótono. Siempre pasaban los mismos campos, las mismas flores, los mismos cables del tendido eléctrico, los mismos árboles, la misma carretera, las mismas gotas de lluvia cayendo una y otra vez sin dar tregua.

— Baja, que te invito.

— No quiero más.

— Déjate llevar.

— ¿Qué hora es?

— Métete en mi mochila.

—Cierra los ojos y no hables.

Caricias, susurros, golpes, cosquillas y jadeos. Un hotel en la planta setenta. Un cóctel con un pianista. Un poema leído al oído. Risa nerviosa en un ascensor. Un cigarro sin acabar. Recuerdos de un baile que nunca ocurrió.

El movimiento la mareaba e imaginaba conversaciones y escenas en su cabeza sobre las que no podía escribir.

Lo inefable.

Las librerías tienen un olor especial. Cuando entro en una de ellas me invade una sensación extraña, sé que estoy en un lugar especial. Es mi santuario, el lugar a donde acudo cuando quiero evadirme. Siempre hay alguien hojeando de pie las hojas durante minutos mientras otros buscan su libro y corren a pagar. Creo que las librerías son la causa número uno de las varices; librerías y médicos deben de tener algún tipo de acuerdo para sacar tajada de ello.

Siempre hay carteles promocionales donde aparece una foto en grande de cualquier película para adolescentes o gente con dudoso criterio en general basada en una novela que va por yo-qué-sé-cuál edición. Me gustaría que hubiera carteles de imágenes a tamaño real de personajes como Bernard Marx o Holden Caufield, pero me temo que tendré que esperar a que saquen una película hollywoodiense de ellos.

Casi hay de todo: desde el padre de familia que busca un regalo para sus hijas y escoge el libro con la portada más colorida hasta el profesor de Historia del arte que quiere ampliar sus conocimientos sobre un período o artista en concreto. A menudo trato de adivinar la profesión de cada uno, sus problemas, qué libro buscan. A menudo también tengo ganas de acercarme a alguien para escuchar su historia, porque creo que detrás de cada libro hay una digna de ser compartida.

Santifico las librerías con sillones porque puedes relajarte y hojear libros. En Londres un señor se sentó a mi lado mientras yo leía en una butaca, sacó un cuadernito de hojas blancas y se puso a dibujar figuras extrañas. El caso es que nunca olvidaré a ese hombrecillo inglés ni la tarde que pasé junto a él, sin mirarnos, sin intercambiar ni un tímido hello o good afternoon. Seguramente él ni me sintió, pero yo no dejaba de mirar hacia su cuaderno y preguntarme por su historia.

Me gustan las librerías porque cada persona que veo en ellas es un libro cerrado para mí, y los libros expuestos son los testigos de otras historias entre extraños.