
Se durmió con la cabeza apoyada en el cristal, sobre su mano. Llevaba tres horas y media de viaje y el paisaje se hacía monótono. Siempre pasaban los mismos campos, las mismas flores, los mismos cables del tendido eléctrico, los mismos árboles, la misma carretera, las mismas gotas de lluvia cayendo una y otra vez sin dar tregua.
— Baja, que te invito.
— No quiero más.
— Déjate llevar.
— ¿Qué hora es?
— Métete en mi mochila.
—Cierra los ojos y no hables.
Caricias, susurros, golpes, cosquillas y jadeos. Un hotel en la planta setenta. Un cóctel con un pianista. Un poema leído al oído. Risa nerviosa en un ascensor. Un cigarro sin acabar. Recuerdos de un baile que nunca ocurrió.
El movimiento la mareaba e imaginaba conversaciones y escenas en su cabeza sobre las que no podía escribir.
Lo inefable.
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