
Las librerías tienen un olor especial. Cuando entro en una de ellas me invade una sensación extraña, sé que estoy en un lugar especial. Es mi santuario, el lugar a donde acudo cuando quiero evadirme. Siempre hay alguien hojeando de pie las hojas durante minutos mientras otros buscan su libro y corren a pagar. Creo que las librerías son la causa número uno de las varices; librerías y médicos deben de tener algún tipo de acuerdo para sacar tajada de ello.
Siempre hay carteles promocionales donde aparece una foto en grande de cualquier película para adolescentes o gente con dudoso criterio en general basada en una novela que va por yo-qué-sé-cuál edición. Me gustaría que hubiera carteles de imágenes a tamaño real de personajes como Bernard Marx o Holden Caufield, pero me temo que tendré que esperar a que saquen una película hollywoodiense de ellos.
Casi hay de todo: desde el padre de familia que busca un regalo para sus hijas y escoge el libro con la portada más colorida hasta el profesor de Historia del arte que quiere ampliar sus conocimientos sobre un período o artista en concreto. A menudo trato de adivinar la profesión de cada uno, sus problemas, qué libro buscan. A menudo también tengo ganas de acercarme a alguien para escuchar su historia, porque creo que detrás de cada libro hay una digna de ser compartida.
Santifico las librerías con sillones porque puedes relajarte y hojear libros. En Londres un señor se sentó a mi lado mientras yo leía en una butaca, sacó un cuadernito de hojas blancas y se puso a dibujar figuras extrañas. El caso es que nunca olvidaré a ese hombrecillo inglés ni la tarde que pasé junto a él, sin mirarnos, sin intercambiar ni un tímido hello o good afternoon. Seguramente él ni me sintió, pero yo no dejaba de mirar hacia su cuaderno y preguntarme por su historia.
Me gustan las librerías porque cada persona que veo en ellas es un libro cerrado para mí, y los libros expuestos son los testigos de otras historias entre extraños.