7 abr 2012

Lo inefable


Se durmió con la cabeza apoyada en el cristal, sobre su mano. Llevaba tres horas y media de viaje y el paisaje se hacía monótono. Siempre pasaban los mismos campos, las mismas flores, los mismos cables del tendido eléctrico, los mismos árboles, la misma carretera, las mismas gotas de lluvia cayendo una y otra vez sin dar tregua.

— Baja, que te invito.

— No quiero más.

— Déjate llevar.

— ¿Qué hora es?

— Métete en mi mochila.

—Cierra los ojos y no hables.

Caricias, susurros, golpes, cosquillas y jadeos. Un hotel en la planta setenta. Un cóctel con un pianista. Un poema leído al oído. Risa nerviosa en un ascensor. Un cigarro sin acabar. Recuerdos de un baile que nunca ocurrió.

El movimiento la mareaba e imaginaba conversaciones y escenas en su cabeza sobre las que no podía escribir.

Lo inefable.

Las librerías tienen un olor especial. Cuando entro en una de ellas me invade una sensación extraña, sé que estoy en un lugar especial. Es mi santuario, el lugar a donde acudo cuando quiero evadirme. Siempre hay alguien hojeando de pie las hojas durante minutos mientras otros buscan su libro y corren a pagar. Creo que las librerías son la causa número uno de las varices; librerías y médicos deben de tener algún tipo de acuerdo para sacar tajada de ello.

Siempre hay carteles promocionales donde aparece una foto en grande de cualquier película para adolescentes o gente con dudoso criterio en general basada en una novela que va por yo-qué-sé-cuál edición. Me gustaría que hubiera carteles de imágenes a tamaño real de personajes como Bernard Marx o Holden Caufield, pero me temo que tendré que esperar a que saquen una película hollywoodiense de ellos.

Casi hay de todo: desde el padre de familia que busca un regalo para sus hijas y escoge el libro con la portada más colorida hasta el profesor de Historia del arte que quiere ampliar sus conocimientos sobre un período o artista en concreto. A menudo trato de adivinar la profesión de cada uno, sus problemas, qué libro buscan. A menudo también tengo ganas de acercarme a alguien para escuchar su historia, porque creo que detrás de cada libro hay una digna de ser compartida.

Santifico las librerías con sillones porque puedes relajarte y hojear libros. En Londres un señor se sentó a mi lado mientras yo leía en una butaca, sacó un cuadernito de hojas blancas y se puso a dibujar figuras extrañas. El caso es que nunca olvidaré a ese hombrecillo inglés ni la tarde que pasé junto a él, sin mirarnos, sin intercambiar ni un tímido hello o good afternoon. Seguramente él ni me sintió, pero yo no dejaba de mirar hacia su cuaderno y preguntarme por su historia.

Me gustan las librerías porque cada persona que veo en ellas es un libro cerrado para mí, y los libros expuestos son los testigos de otras historias entre extraños.

12 mar 2012

Idea

Miraba fijamente la pantalla del ordenador, con el pulso temblando y temiendo que lo que saliera de sus falanges se convirtiera en realidad, que sus palabras fueran semillas en la mente de aquel desequilibrado e insano manojo de sentimientos. Tenia en su cabeza una bonita y cruel historia de amor y de odio, pero prefirió tragar saliva y no apretar el gatillo que podría cambiarlo todo.

6 mar 2012


Amamos deprisa, amamos de pie y amamos de espaldas, amamos de noche, amamos lo que deseamos hasta que lo agotamos. Nos encaprichamos, perseguimos, buscamos y nos cansamos. De noche las ciudades se pintan los labios en silencio y llevan colonia bajo el escote. Prestamos nuestras medias por un par de sacudidas a tres metros en un bar. Nos emborrachamos de apetito y nos saciamos. Bullicio y afonía. Queda el asco y la decepción, la búsqueda de algo más. Apretamos la esponja contra nuestra piel y desayunamos solos con la mirada perdida. Tomamos café con las manos calientes y el alma helada. Con el anochecer vendrá otro día —nos consolamos.

3 mar 2012


Mrs Lancy se había puesto tacones de aguja aunque no sabía caminar con ellos. Llevaba semanas planeándolo, buscando el hotel más lujoso, el vino más exquisito, la lencería más sugerente y un vestido que le quitara el hipo y las ganas de hablar. Paseaba de arriba a abajo por la suite nerviosa con los brazos en alto y mirando al suelo. Los ligueros le apretaraban los muslos y el recogido le estaba tirante de modo que no quería hacer movimientos bruscos. Eran las diez y ya tenía preparada la cena sobre el mantel. Las velas llevaban veinte minutos encendidas y la habitación apestaba a fragancia de jazmín. Una y otra vez se miraba en el espejo y se inclinaba para retocarse los labios o las pestañas. Una llamada la sacó de ese estado de impaciencia y corrió torpemente a la mesilla de noche. Se desplomó sobre la alfombra magenta y las tiras de los ligueros se escurrieron. El corsé le apretaba el pecho mientras lloraba y le impedía respirar, pero ella seguía tirada sollozando. El vichissoise estaba muy frío y sus mejillas con manchones de lápiz de ojos.