
Una estación de tren es uno de los mejores lugares donde explorar los sentimientos humanos. Entre las prisas de unos pasajeros y de otros no tan apresurados que descansan en los bancos con la vista fija en el reloj de la pared uno puede encontrarse todos los tipos de emociones que nos invaden cuando se trata de despedirnos de alguien o volverlo a ver después de muchos meses o incluso años.
El veintidós de diciembre la estación Vialia estaba bastante llena, eran vísperas de navidad y todos habían reservado ya el ticket hacia su hogar. Las navidades son unas fiestas agridulces, dado que son días de reencuentro con la familia pero a la vez es momento de alejarte de quienes te han acompañado durante varios meses y con quienes has compartido centenas de carcajadas y momentos íntimos. Una manera de desconectar, dicen algunos. Un recordatorio del lugar de donde vinimos, respondería yo.
Alejados de la multitud, una pareja se besaba en la frontera entre el escalón del tren del coche tres y la plataforma. En cinco minutos miles de pensamientos ondulaban en la cabeza de ella. En un momento le asaltaron decenas de recuerdos que vivieron en esos intensos cuatro meses que pasaron juntos y en los que no tuvieron que decirse adiós. Mientras las lágrimas se escapaban se preguntó cuántas veces más tendría que pasar por eso, cuántos años más habrían de transcurrir hasta que ellos fueran los que se despidieran conjuntamente de sus familias. Mientras el tren se alejaba rápidamente hacia delante y decía adiós con la mano hacia el otro lado del cristal, deseó saltar en el tiempo pata no tener que decirse adiós más.


