11 jun 2011

New York, New York...


Lo tenía a dos metros. De espaldas. Lo inspeccionó con la mirada. Chaqueta negra y sombrero. Zapatos planos y atados con cordones. Pelo hacia atrás engominado, y fumador. No era como lo recordaba, pero su figura y su manera de andar era la misma que la de hace años. Era innegable, era él.

Se quedó paralizada unos segundos mientras caminaba tras él entre la silenciosa multitud de la ciudad. Nueva York es muy impersonal. La gente pasa, empuja, atropella, carraspea para pasar, te mira y con suerte te pide la hora. Siempre con la misma mueca de indiferencia. Una se siente como nadando entre la niebla, se siente tan sola que es capaz de gritar en plena Quinta Avenida. Desnuda. Una puede ir cubierta toda con purpurina por la calle, nadie le dirigirá la palabra para indicarle que carnaval pasó hace tres meses. Tiene su encanto porque todos vamos tan juntos que es imposible caerse sobre la acera.

A veces, una vez al año o cada dos si tienes suerte, te encuentras a alguien que conoces. Con mucha suerte se trata de un compañero de la infancia que está pasando las vacaciones allí, un viejo conocido o un antiguo amor del instituto que está de paso por la gran manzana.

Ahora se trataba de él. Lo último que sabía era que había estado trabajando en Londres en un proyecto que él decía que lo haría millonario. Se preguntó si esos años en Londres lo habían hecho cambiar su acento a uno más british.

Se acercó un poco más, ya casi él se podía dar la vuelta al sentir la respiración de Amanda detrás, en su nuca. La que tantas noches de verano besó. Quería conocer su olor. Se alejó un poco al comprobar que había cambiado su colonia. Esta lo hacía mucho más impersonal.

(¿Continuará...?)

9 jun 2011

Abrázame




- ¡Ven, ven, ven!

- Eres un poco pesada...

- Es que me encanta abrazarte.

- Lo entiendo, soy adorable. Pero te pasas.

- ¿Es que tú no sientes ganas de abrazarme a mí?

- Hm. No. Bueno, algunas veces. Cuando pasamos la noche en habitaciones separadas. Por las noches te echo mucho de menos. MUCHO.

- Lo sé...

- A veces te llamo desde el otro lado de la puerta. Te llamo para que vengas, para que estés conmigo. Ahí sí quiero abrazarte. Me paso las noches en vela pensando en ti, deseando que abras la maldita puerta. Pero nunca vienes.

- Bueno... a veces te oigo por las noches. A veces me despiertas, te oigo gritándome y pienso si ir. Si abrirte la puerta. Si besarte y abrazarte.

- Pero nunca vienes.

- ... Lo siento.

- Y ahora me pides que me deje. Ahora. Ahora me necesitas. Siempre es cuando tú quieres. Eres una egoísta.

- Lo hago por tu bien. De verdad. No es bueno que estemos siempre juntos. Tenemos que tener nuestro espacio. Algún día te darás cuenta.

- O quizá no. Quizá no lo haga y te odie el resto de mi vida. Y soy joven aún así que esos son muchos años.

- Qué difícil me lo pones... Créeme cuando te digo que te quiero, que te quiero. ¡¡¡QUE TE QUIERO!!!

- Sí, sí... Me lo has dicho como doscientas veces. Bueno, ¿cuándo comemos?

7 jun 2011

Tormenta


Llegó en un arrebato. No había pensado, para cuando tomó el poder sobre su cabeza estaba caminando deprisa hacia ella. El portal rojo estaba abierto, de modo que subió directamente. Llamó a la puerta. Dos veces. Y nadie le abría. A la tercera se impacientó y empezó a golpear la puerta enérgicamente, desatando toda su furia contra aquel trozo de madera. Estaba nervioso.

Justo antes de la cuarta llamada, con el dedo en el timbre, oyó unos pasos y su respiración al otro lado de la puerta.

- Abre... Por favor. Soy yo. No te haré nada. Abre... De verdad.

Ella dudó. Respiró fuerte y pensó un rato, pero finalmente abrió.

Él llegaba mojado. Estaba calado hasta los huesos. Afuera había una tormenta de verano. Tenía dibujada una mueca terrorífica en su cara, levantó los ojos y la miró directamente.

- ¿Pero qué... ?

Sin decir nada, la cogió de la cintura y la empujó contra la pared. Cerró la puerta de un golpe mientras acariciaba su muslo. Su cuerpo estaba húmedo y olía a lluvia. Su pelo chorreaba y llenaba de gotitas el parqué.

- ¿Qu... ?

Estaba muy confundida y trataba de apartarlo sin éxito. Él era muy fuerte y no le costaba retenerla ahí. Podía hacer con ella lo que quisiera.

La agarraba con sus dos manos sobre su cabeza y sus ojos se encontraron por fin entre jaleos. No se dijeron nada y supieron todo. Sus ojos hablaban por ellos, transmitiendo los sonidos que sus bocas no se atrevieron a articular.

Ella dejó de forcejear y se relajó. Comprendió lo que pasaba. Y dejó de tener miedo.

Él soltó sus manos y las bajó para acariciarle el pelo. Sintió la necesidad de acercarse a él y olerlo. Olía a miel. Era como antes.

Rompió a llorar.

Y rompió a llorar ella también.

Ven


¿Te imaginas? Tú y yo una noche en un parque. Es verano, de modo que no hace ni frío ni calor. La temperatura es ideal. Vas con un traje negro y camisa y te digo que te vas a poner perdido si te tumbas ahí, pero te da igual. Yo llevo un vestido carísimo y llevo toda la noche en el restaurante haciendo malabares para que no se arrugue al sentarme. Me empujas hacia el suelo y nos reímos mientras peleamos por quién cae después. Me cago en tu madre.

Nuestras miradas se encuentran.

Y se hace el silencio.

Y siento ese cosquilleo. Ese mismo que sentí la primera vez que te miré a los ojos.

Nos hemos puesto perdidos, pero extrañamente no me importa.

Estoy contigo, jugando sobre la hierba. Y todo lo demás no me importa. Sólo quiero que te acerques a mí y me beses. Te sonrío, ¿captas las señales?

Ven y bésame. Sobre el suelo otra vez.

10 abr 2011

Por lo que merece la pena vivir


- Oler las flores.
- Tumbarse en la hierba.
- Reencontrarte con viejas amigas tras años y comprobar que el vínculo que os une es irrompible.
- Los abrazos de más de 5 segundos.
- Las manos de mi padre.
- Soñar despierta.
- Susurrar te quiero.
- Escuchar música sin pensar en nada. Sentada. Sólo escuchando.
- Tocarle las manitas a un bebé.
- Cantar las canciones de Disney a pleno pulmón.
- Que un chico que te toque la mano.
- Los besos en la mejilla.
- Las decenas de cartas que conservo.
- El olor a pintura.
- Pasar la noche en un parque.
- Dejar secar el pelo al sol.
- Despertarte junto a alguien.
- Acariciar un cachorrito.
- Mirar un objeto y recordar toda su historia.
- Bailar a oscuras.
- Recordar el olor de las personas.
- Ir a comprar ropa y que te siente divino todo.
- Caminar de la mano.
- Hablar con mi madre hasta el amanecer.
- Llegar a casa y que me pregunten qué tal el día.
- Hacer un favor esperando sólo una sonrisa a cambio.
- Que un libro te enganche tanto que te lo leas en un día.
- Inventarte una enfermedad mental para cada uno de tus compañeros de tren.
- Ver las estrellas.
- El silencio.
- Descubrir algo en común con un desconocido.
- Meter lacasitos en la cesta de la compra.
- Leer tu diario de cuando eras un renacuajo y te daba vergüenza besar a un chico delante de sus amigos.
- Los post-it.
- Saber reírse de una misma.
- Hacer la comida para alguien con mucho cariño.
- Que cuando estés mala suba alguien a traerte un cruasán y medicinas.
- Oír la lluvia desde casa.
- Un capucchino con chocolate en forma de carita sonriente.
- Leer los cuentos de tu infancia y descubrir nuevos significados.
- Trabajar duro por algo y que tu abuela llore por estar orgullosa de ti.
- Llegar a casa de tus padres y sentir que todo sigue igual.
- La brisa.
- Un cumpleaños rodeada de la gente que te quiere.
- Que cada vez que ves un peluche te sientas querida por una completa desconocida.
- Recordarte en el suelo, mirándonos.
- Caminar descalza en la playa.
- Que alguien te pregunte qué tal y espere a oír la respuesta.
- Escribir de madrugada y sentir que el tiempo se para.
- Hundir la mano en la arena.
- El sonido de las olas.
- Dormir como si no hubiese nada más después.
- Llorar de felicidad, o por cualquier pequeña cosa que te ha conmovido, como esta lista.