
Lo tenía a dos metros. De espaldas. Lo inspeccionó con la mirada. Chaqueta negra y sombrero. Zapatos planos y atados con cordones. Pelo hacia atrás engominado, y fumador. No era como lo recordaba, pero su figura y su manera de andar era la misma que la de hace años. Era innegable, era él.
Se quedó paralizada unos segundos mientras caminaba tras él entre la silenciosa multitud de la ciudad. Nueva York es muy impersonal. La gente pasa, empuja, atropella, carraspea para pasar, te mira y con suerte te pide la hora. Siempre con la misma mueca de indiferencia. Una se siente como nadando entre la niebla, se siente tan sola que es capaz de gritar en plena Quinta Avenida. Desnuda. Una puede ir cubierta toda con purpurina por la calle, nadie le dirigirá la palabra para indicarle que carnaval pasó hace tres meses. Tiene su encanto porque todos vamos tan juntos que es imposible caerse sobre la acera.
A veces, una vez al año o cada dos si tienes suerte, te encuentras a alguien que conoces. Con mucha suerte se trata de un compañero de la infancia que está pasando las vacaciones allí, un viejo conocido o un antiguo amor del instituto que está de paso por la gran manzana.
Ahora se trataba de él. Lo último que sabía era que había estado trabajando en Londres en un proyecto que él decía que lo haría millonario. Se preguntó si esos años en Londres lo habían hecho cambiar su acento a uno más british.
Se acercó un poco más, ya casi él se podía dar la vuelta al sentir la respiración de Amanda detrás, en su nuca. La que tantas noches de verano besó. Quería conocer su olor. Se alejó un poco al comprobar que había cambiado su colonia. Esta lo hacía mucho más impersonal.
(¿Continuará...?)



