14 abr 2010

Bajo la lluvia


Una pequeña de cara desdibujada correteaba por el parque un martes por la noche. Su pelo se movía con el viento y los saltos que daba por el barro. Estaba jugando sola, pero reía, reía muy alto. Llovía y se estaba manchando los zapatos ya desgastados, pero no le importaba. A lo lejos, una señora vestida de negro le observaba sentada en silencio bajo un paraguas igualmente oscuro. Mientras lo hacía, se preguntaba por sus padres, por sus amigos, qué hacía una niña de noche sola, por qué reía de esa manera con la que estaba cayendo y el terrible frío que hacía.

La niña se detuvo bajo un árbol ancho y grande e hizo un movimiento con su mano. La señora observó cómo se quedaba pensativa durante unos segundos y se iba rápidamente. Extrañada, la señora de negro se acercó al árbol y leyó una inscripción en su tronco. Sorprendida, encontró su nombre bajo otro rodeados por un corazón. La niña los había tachado.

13 abr 2010

El último abrazo

Se levantó y se puso la camiseta rápidamente. Ella, asustada, no se podía creer que se fuera antes que ella aquella mañana. Mientras se ponía los zapatos, ella seguía sobre la cama esperando un beso en la mejilla, una caricia, un abrazo... Se iba, se iba y quizá nunca más volvería a verle. Él se quedó parado y se sentó en el borde de la cama. En silencio, no se miraron. Ella salió de entre las sábanas, se incorporó sobre la cama y se abrazaron incómodamente. Fue un abrazo frío, un abrazo de despedida, el último abrazo. Por fin se levantó. Los ojos de ella se llenaron de lágrimas y apoyó su cabeza sobre sus rodillas, no quería que le viera. Él abrió la puerta y dudó unos momentos mientras ella seguía llorando sobre la cama. Silenciosos segundos que se hicieron eternos que nunca olvidarán. Por fin, cerró la puerta. Ella pensó que volvería, que no sería capaz de irse, pensó en salir de la cama corriendo por el pasillo y abrazarle, pedirle perdón por todo el daño que le había hecho, pero oyó el portazo final de la puerta. Era el fin. Por fin ella estaba sola en su cuarto y lloró con más fuerza que nunca. Por la puerta se iba su última oportunidad de ser feliz, y ella tenía frío otra vez.

12 abr 2010

Atardecer

Atardece en el coche. Son las ocho largas y tienes cientos de kilómetros por delante. En el horizonte se dibujan las siluetas de árboles y casas que se mueven rápidamente. Intentas capturar el momento, fijar tu vista en un detalle para contemplarlo, pero no puedes. Todo pasa, todo se mueve, todo cambia. Te encanta, pero no puedes. Sacas tu cámara de fotos del bolso. Clic... et voilà! ¡Lo tienes! Pero ni siquiera la cámara ha podido parar aquel atardecer. Todo está borroso. Te lamentas y la guardas. Mientras mantienes tu mirada fija en aquel punto indefinido piensas. No tiene sentido hacer fotos, tratar de alargar en momento. Porque este momento es único, es para ti, y es ahora. Estado de ánimo puro en una imagen. La música en tus oídos suena bajito y el sol está de un color anaranjado que te hace daño a la vista. Es una escena tan normal que pasa a diario un par de veces, pero no te has fijado nunca en su belleza. Nunca lo has visto así y quieres mirarlo directamente, pero su intensidad te lo impide. Sólo queda mirar su reflejo en el asfalto, pero no te importa demasiado porque eres feliz aún sin poder guardar el momento en el bolsillo para enseñártelo cada mañana, sin poder ver el sol, sin poder volver atrás, sin poder compartirlo con alguien, sin poder abrir la puerta del coche para gritar corriendo por el campo que te encanta, que es tan bonito que te dan ganas de llorar.

¿No te da pena? ¿No te da pena?


¿No te da pena? ¿No te da pena? No. Yo fui quien quiso distanciarse por su inmadurez, por su egoísmo, por su falta de educación, por su indiferencia. Porque entro y no veo a quien veía antes. Porque ahora todo ha cambiado, y lo hará más con el tiempo. No nos contamos nada, no salimos juntos ya, podemos pasar días enteros sin hablarnos estando a un metro de distancia.

¿No te da pena? ¿No te da pena? Quizá. Supongo que es lo que suele pasar. La gente se cansa de la gente. El conocer a alguien afín a ti te da un subidón. Hablas y hablas y buscas puntos en común, piensas que quizá por fin has encontrado a alguien para ti, alguien con quien nunca dejarás de tener contacto. Tendrás unos novios y otros, estudiarás unas cosas y otras, tendrás trabajos, quizá hasta les invites a tu boda y al bautizo de tus niños. Crees que siempre habrá alguien que camine paralelamente a ti, de tu mano. Alguien a quien prestarle tu hombro y sobre cuyo hombro llorarás.

¿No te da pena? ¿No te da pena? Sí. Porque estábamos horas hablando, nos contábamos esas cosas, planeábamos un futuro, criticábamos, imitábamos, salíamos de fiesta y nos hacíamos decenas de fotos... Siento que todo eso queda ya en el recuerdo, pero en el fondo sé que puedo contar con todo eso.

Muy, muy en el fondo de la cueva se oyen unos gemidos, algo sigue vivo, y escucharlos hace que pueda seguir avanzando.

9 abr 2010

There's no place like home


De nuevo en mi cuarto. El mismo donde Puri me vestía por las mañanas. Me servía la leche ardiendo y recuerdo que me daba vergüenza decirle que pusiera la taza unos segundos menos en el microondas. Siempre íbamos al colegio con prisas por culpa de eso. Me estaba cinco minutos soplando la leche. El mismo donde lloré cuando dejé a mi exnovio una noche antes de dormir. Donde venía a mediodía cuando me escapaba del comedor porque no me gustaba ni la comida ni la compañía. Donde estudiaba incansablemente día y noche para mis exámenes de Historia del arte. Donde me senté a enseñarle fotos. Donde tantas y tantas veces he estado con mi hermana a mi lado y cualquier excusa nos servía para levantar los ojos de los apuntes y ponernos a reír. Desde donde oigo a mis padres gritar e insultarse. Desde donde lloré como una tonta porque creí que se separaban una noche en que mi hermana se acercó a mi cama y me lo susurró. El mismo donde me encierro para hablar por teléfono con mi abuela. Donde se acercó Susana a preguntarme si quería que me ayudara con mis deberes de inglés. Y el mismo desde el que hoy escribo mirando hacia atrás. Cada rincón, cada superficie, cada esquina, cada estante, cada armario me traen recuerdos indelebles. Hoy las paredes apenas tienen posters, saben que nadie vive aquí. Las mismas que un día me apretaban hasta ahogarme y hoy me abrazan cálidamente. Han pasado muchos años pero no se nota el paso del tiempo. Me pregunto si volveré a pasar mi vida entre estas cuatro paredes. Durante años he pensado que no regresaría, pero estos días me doy cuenta de que no hay nada como mi casa, mi cuna, mi reinado. E inevitablemente me pregunto qué hice mal para sentirme hoy así.