
Una pequeña de cara desdibujada correteaba por el parque un martes por la noche. Su pelo se movía con el viento y los saltos que daba por el barro. Estaba jugando sola, pero reía, reía muy alto. Llovía y se estaba manchando los zapatos ya desgastados, pero no le importaba. A lo lejos, una señora vestida de negro le observaba sentada en silencio bajo un paraguas igualmente oscuro. Mientras lo hacía, se preguntaba por sus padres, por sus amigos, qué hacía una niña de noche sola, por qué reía de esa manera con la que estaba cayendo y el terrible frío que hacía.
La niña se detuvo bajo un árbol ancho y grande e hizo un movimiento con su mano. La señora observó cómo se quedaba pensativa durante unos segundos y se iba rápidamente. Extrañada, la señora de negro se acercó al árbol y leyó una inscripción en su tronco. Sorprendida, encontró su nombre bajo otro rodeados por un corazón. La niña los había tachado.
La niña se detuvo bajo un árbol ancho y grande e hizo un movimiento con su mano. La señora observó cómo se quedaba pensativa durante unos segundos y se iba rápidamente. Extrañada, la señora de negro se acercó al árbol y leyó una inscripción en su tronco. Sorprendida, encontró su nombre bajo otro rodeados por un corazón. La niña los había tachado.



