Ella era ninfa de hielo.
Ella llevaba sobre sus hombros
el peso del letargo
y de la incomunicación.
Caminaba sobre sus pies descalzos
en estériles espirales que observaban
su hastiado movimiento.
Él, ígneo fausto de voluptuoso cuerpo,
era violentamente áspero y ardiente
desde la distancia.
Sus ojos transmitían espíritus
hacia la majestuosa figura.
El viento removió los mechones de la ninfa.
Su cristalino cuerpo se deshacía
entre sus dedos,
bajo su estrecha cintura,
sobre su císneo cuello.
Dirigió la vista hacia el fuego
a someterse con resignación:
su ansiado destino.
I.C.